Una tecnología puede nacer en un laboratorio, pero rara vez llega al mercado recorriendo ese camino en solitario. Entre una hipótesis científica y una solución que una empresa puede producir, vender o incorporar a un proceso industrial hay etapas que requieren capacidades distintas: conocimiento científico, tecnología, infraestructuras, datos, capacidad empresarial, financiación y, en muchos casos, acceso a usuarios finales.
En este panorama que puede parecer complejo aparece la colaboración público-privada en I+D+i. Una universidad, un centro de investigación o un organismo público aporta capacidades científicas y tecnológicas que una empresa puede necesitar para avanzar en una innovación. La empresa, a su vez, incorpora conocimiento del mercado, capacidad de desarrollo, recursos industriales y una vía concreta para llevar los resultados hacia aplicaciones reales.
¿Qué se entiende por colaboración público-privada?
Los proyectos de colaboración público-privada son iniciativas de investigación, desarrollo e innovación en las que participan entidades públicas y empresas para desarrollar conjuntamente conocimiento, tecnologías, productos, procesos o servicios.
La fórmula puede adoptar formas diferentes según el programa de financiación. En algunos casos, la colaboración se articula directamente dentro de un consorcio de proyecto. En otros, forma parte de asociaciones estratégicas de mayor recorrido, como ocurre en Horizonte Europa con las European Partnerships, que reúnen a la Comisión Europea, autoridades nacionales, industria y organizaciones de investigación en torno a programas comunes de I+D+i.
En España, el CDTI también dispone de instrumentos específicos para proyectos de I+D en cooperación empresarial y para iniciativas que conectan empresas con organismos de investigación. Sus proyectos de I+D en cooperación nacional, por ejemplo, requieren la participación de varias empresas autónomas y un acuerdo privado que regule el funcionamiento del consorcio.
Por tanto, hablar de colaboración público-privada se refiere, en esencia, a una forma de organizar la investigación y la innovación alrededor de capacidades complementarias.
¿Por qué se utiliza este modelo?
Hay problemas tecnológicos que una organización difícilmente puede resolver por sí sola. Una empresa puede conocer con precisión las necesidades de un mercado, disponer de una planta piloto y tener capacidad para fabricar un producto, pero necesitar conocimientos científicos muy especializados para resolver una determinada incertidumbre tecnológica. Una universidad puede disponer de ese conocimiento y de investigadores capaces de desarrollar una solución, pero carecer de los medios necesarios para llevarla a una escala industrial.
Aquí entra de lleno la colaboración público-privada. Y puede ressultar especialmente relevante en ámbitos donde el salto entre investigación y aplicación requiere inversiones elevadas o largos periodos de validación. Energía, salud, nuevos materiales, biotecnología, movilidad, tecnologías digitales, alimentación o transición industrial son algunos ejemplos.
El objetivo de los programas públicos de I+D+i es, en parte, reducir las barreras que dificultan ese proceso y movilizar inversiones que pueden generar capacidades tecnológicas con impacto más allá de una única organización.
En Horizonte Europa, por ejemplo, las European Partnerships buscan precisamente coordinar recursos y esfuerzos públicos y privados para abordar retos complejos y reducir la fragmentación de las inversiones en investigación e innovación.
¿Qué aporta cada parte al proyecto?
El papel de una universidad o un centro de investigación puede estar relacionado con la generación de conocimiento, el desarrollo de modelos, la experimentación, la caracterización de materiales, la validación científica o el acceso a infraestructuras especializadas. También puede asumir actividades que requieren una capacidad científica que no resulta eficiente desarrollar internamente en una empresa.
La empresa introduce otra perspectiva. Conoce el problema que quiere resolver, las condiciones del mercado, los requisitos de producción, los costes asociados y las necesidades de los clientes. Además, puede asumir el desarrollo industrial, la explotación de los resultados y su incorporación a productos o procesos.
Aunque esto no debe ser una frontera rígida.
En los proyectos mejor planteados, la relación comienza antes de redactar la propuesta. El problema tecnológico se define conjuntamente, se identifican las capacidades necesarias y se determina qué organización está mejor preparada para abordar cada incertidumbre.
¿Colaborar no significa repartir tareas?
Este es uno de los puntos que más fácilmente se pierde cuando se prepara una propuesta de I+D+i.
Un consorcio puede estar formado por universidades, centros tecnológicos y empresas y, aun así, funcionar como un conjunto de proyectos individuales conectados únicamente por un calendario común.
Las actividades deben estar relacionadas y los resultados obtenidos por un participante deben alimentar el trabajo de otros. Una investigación desarrollada por un organismo científico puede convertirse en el conocimiento necesario para que una empresa diseñe un prototipo. Ese prototipo puede pasar después a una fase de validación con un usuario industrial. Los resultados de esa validación, a su vez, pueden modificar la investigación inicial.
Esta cuestión tiene especial relevancia en los programas competitivos. En instrumentos como las Misiones Ciencia e Innovación del CDTI, el propio planteamiento de la convocatoria sitúa la cooperación empresarial y la respuesta conjunta a retos estratégicos en el centro del proyecto.
¿Cómo se financian estos proyectos?
La financiación depende del programa en el que se presente el proyecto.
En algunos instrumentos se concede una subvención para cubrir una parte de los costes elegibles. En otros pueden existir préstamos, anticipos, financiación combinada o mecanismos de cofinanciación.
Horizonte Europa utiliza, entre otros mecanismos, las European Partnerships. En las asociaciones cofinanciadas, la Comisión Europea aporta financiación adicional a programas conjuntos de investigación e innovación gestionados junto con organismos públicos y financiadores nacionales o regionales. En las asociaciones coprogramadas, la Comisión implementa su contribución mediante las convocatorias de Horizonte Europa mientras los socios movilizan contribuciones adicionales bajo su propia responsabilidad.
En España, el CDTI cuenta igualmente con distintas modalidades de cooperación en sus instrumentos de I+D, incluyendo proyectos de cooperación nacional, cooperación tecnológica internacional y proyectos vinculados a determinados partenariados europeos.
Por eso, identificar una oportunidad de financiación no debería consistir únicamente en buscar una convocatoria cuyo título coincida con el sector de la empresa. Hay que analizar qué tipo de colaboración exige, qué grado de madurez tecnológica admite, quién puede participar y qué resultado espera obtener el programa.
¿Cuándo tiene sentido plantear un proyecto colaborativo?
La colaboración público-privada tiene especial sentido cuando el proyecto contiene una incertidumbre tecnológica que requiere capacidades que la empresa no posee internamente.
También cuando la solución necesita ser validada en distintos entornos, cuando requiere infraestructuras científicas especializadas o cuando su desarrollo depende de conocimientos procedentes de disciplinas diferentes.
En cambio, si una empresa tiene perfectamente resuelta la tecnología y busca únicamente financiar una mejora interna de un producto o proceso, puede existir otro instrumento más adecuado.
La pregunta útil no es, por tanto, si una empresa puede encontrar socios para presentar un proyecto. Es si necesita realmente esos socios para resolver el problema que plantea
¿Qué debe analizar una empresa antes de buscar financiación?
Antes de formar un consorcio conviene definir con precisión el problema tecnológico que se quiere resolver, el nivel de madurez de la solución y las capacidades que faltan para avanzar.
A partir de ahí, la búsqueda de socios puede hacerse con bastante más criterio. El objetivo será incorporar aquellas organizaciones que permitan cubrir las incertidumbres técnicas, validar el resultado, facilitar su industrialización o acercarlo a los usuarios.
Y solo después tiene sentido buscar el instrumento financiero que mejor encaje.
Para una empresa que esté valorando un proyecto de colaboración público-privada, el primer paso debería ser mapear la tecnología, el TRL, las capacidades que faltan y la ruta de explotación. Con ese diagnóstico será mucho más sencillo identificar el socio adecuado y la convocatoria que puede financiar el siguiente tramo de la innovación. Ponte en contacto con nosotros y te ayudamos.
